Érase una vez, bueno así comienzan todos los cuentos de hadas, pero como variar si este es otro cuento de hadas pero desde otra mirada.
En un pueblito muy muy pero muy lejano, llamado cafetropolis, vivía una mujer (en realidad muchas otras personas más) que soñaba con encontrar a su princesa rosa; sin embargo, este sueño se veía cada vez más lejano, ella iba creciendo y conociendo más de la vida, tuvo varios intentos de “amor” que claro fracasaron, muy enojada con el destino por llevarla hasta personas poco amorosas, tomó la “sensata” decisión de volverse mala.
Ya no creía en el amor, ni mucho menos en su princesa rosada, conoció muchas chicas, las quiso a todas a su manera, jugaba con sus sentimientos como con los de los demás; era feliz, divertida, muy “querida”, siempre la invitaban a las mejores fiestas y eventos sociales, fumaba, tomaba y bueno también alucinaba; su vida era un total éxito y placer infinito o al menos eso creía; sin embargo, cada momento a solas con su almohada lloraba desconsoladamente, extrañaba a aquella mujer soñadora y apasionada que solía ser, se sentía ajena a si misma y eso la lastimaba mucho; cuando acababan aquellos momentos a solas con su melancolía, se ponía nuevamente su disfraz y salía a conquistar el mundo.
Hasta que una tarde más de aquella rutina imparable de popularidad, conoció a una chica con un toque de odiosidad (si es que existe esa palabra), aparentaba prepotencia y frialdad, no se presento de una manera muy amigable ante Artemisa (nuestra soñadora), sino más bien antipática, pocas palabras cruzaron y sus caminos se separaron, pero no por mucho tiempo (en realidad nunca más se separaron). En varias ocasiones, el camino de la diversión las llevo a reencontrarse, poco a poco fueron conversando, era claro que ninguna de las dos conocía bien a la otra, sino simplemente al disfraz con el que se presentaban.
Pero el alma es mucho más fuerte y busca maneras de salir a flote; tras las miradas Atenea y Artemisa empezaron hablar sin palabras, a sentir la esencia que las llenaba, pero eso no bastó para hacer de ellas una pareja feliz, la vida no es como un cuento de hadas, aunque este sea uno de ellos; la vida les tenia deparado algo diferente; años pasaron, una amistad formaron, momentos de ira, tristeza, dolor y alegrías compartieron; sin embargo, seguían buscando aquel amor sin darse cuenta que ya lo habían encontrado. Las chicas se separaron, salieron del pueblo a la gran ciudad, estudiaron, trabajaron y al parecer maduraron, trataron de llenar aquel vacío con logros profesionales, materiales y muy pocos espirituales, pero cafetropolis seguía siendo su lugar, al cual tenían que regresar, al menos para visitar.
Y fue precisamente en uno de esos viajes que se volvieron a encontrar, ya no eran unas niñas, ya eran mujeres, con responsabilidades y metas diferentes; Artemisa había olvidado ya a su princesa rosa y Atenea se había desprendido de su esencia, Artemisa amaba otras cosas, Atenea era mucho más practica, de soñadoras no les quedaba nada, se habían sacado el disfraz de la infancia para ponerse el de la adultez.
Pero el alma no envejece, así que tomó la decisión de volverlas a unir por medio de esa mágica comunicación que ellas nunca habían entendido, comunicación que esta vez dijo más de lo que esperaban escuchar, esa magia fue enredándolas en la pasión, la estrategia invencible del alma para atar a dos cuerpos que arden por aquella fuerza desenfrenada; luego se transformó en un sentimiento de dulzura, que no era ya amistad, al mezclar todos esos sentimientos nació el amor o talvez solo se expresó, desde ese momento las dos soñadoras empezaron a recordar sus sueños, sus historias y anhelos, forjando una linda relación, pero este no es el vivieron felices para siempre, sino todo lo contrario.
No es nada fácil manejar el amor cuando llega a dos seres temperamentales, moldeados en el acero de su armadura por golpes fuertes de la vida y mucho menos cuando desean ir a vivir en la cima de la montaña; hay veces que llueve y el camino se pone más difícil, otras que Artemisa cae y Atenea la levanta; noches en que Atenea se cansa y Artemisa la regaña; días de sol intenso que no les permite caminar, días en que la armadura pesa y es mejor sacársela, días en las que las lágrimas lastiman y es mejor ponérsela, días de vagancia donde es preferible lo fácil que lo agotador, días en las que desisten de intentar y regresan sin querer de nuevo a empezar.
Pero hay algo mucho más fuerte que las acompaña, es ese amor que las mantiene unidas en las buenas y en las malas, y aunque a veces quieran matarse, terminan dándose la mano para empezar otra vez aquel duro y sinuoso camino que las llevara a la felicidad.
¿Quieren un final feliz?, pues no fue así, a la final el temperamento llegó a vencer; ellas se separaron, y aunque el final no haya sido feliz, sus almas lo están ahora, la paz ha llegado a sus vidas, y aunque separadas siguen manteniendo ese inmenso amor por la otra; sigue existiendo esa comunicación que en un inicio las unió, pero el amor se ha transformado, ya no se aman como pareja, se aman como dos seres humanos, que han decidido dejarse ir.....
Y fue precisamente en uno de esos viajes que se volvieron a encontrar, ya no eran unas niñas, ya eran mujeres, con responsabilidades y metas diferentes; Artemisa había olvidado ya a su princesa rosa y Atenea se había desprendido de su esencia, Artemisa amaba otras cosas, Atenea era mucho más practica, de soñadoras no les quedaba nada, se habían sacado el disfraz de la infancia para ponerse el de la adultez.
Pero el alma no envejece, así que tomó la decisión de volverlas a unir por medio de esa mágica comunicación que ellas nunca habían entendido, comunicación que esta vez dijo más de lo que esperaban escuchar, esa magia fue enredándolas en la pasión, la estrategia invencible del alma para atar a dos cuerpos que arden por aquella fuerza desenfrenada; luego se transformó en un sentimiento de dulzura, que no era ya amistad, al mezclar todos esos sentimientos nació el amor o talvez solo se expresó, desde ese momento las dos soñadoras empezaron a recordar sus sueños, sus historias y anhelos, forjando una linda relación, pero este no es el vivieron felices para siempre, sino todo lo contrario.
No es nada fácil manejar el amor cuando llega a dos seres temperamentales, moldeados en el acero de su armadura por golpes fuertes de la vida y mucho menos cuando desean ir a vivir en la cima de la montaña; hay veces que llueve y el camino se pone más difícil, otras que Artemisa cae y Atenea la levanta; noches en que Atenea se cansa y Artemisa la regaña; días de sol intenso que no les permite caminar, días en que la armadura pesa y es mejor sacársela, días en las que las lágrimas lastiman y es mejor ponérsela, días de vagancia donde es preferible lo fácil que lo agotador, días en las que desisten de intentar y regresan sin querer de nuevo a empezar.
Pero hay algo mucho más fuerte que las acompaña, es ese amor que las mantiene unidas en las buenas y en las malas, y aunque a veces quieran matarse, terminan dándose la mano para empezar otra vez aquel duro y sinuoso camino que las llevara a la felicidad.
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